Solía sentarse cada tarde en la ventana. El mes de septiembre
le producía una sensación que se debatía entre la melancolía y la ilusión por nuevos
propósitos de enmienda, (anotados punto a punto en su libreta), ante la nueva
estación que se presentaba cada vez más cercana y con más fuerza, si cabía, que
el año anterior.
La luz con la caída de la tarde le hacía sentirse más guapa,
y el aire que se colaba curioso entre las rejas le hacía sentirse viva. Pocas
eran las cosas que en ese momento podían llegar a preocuparle, y la soledad
poco a poco se había convertido en amable y temporal compañera en los breves
ratos en que venía a saludarla.
Aquél día no sonó el teléfono, tampoco lo escuchó. Aquél día
sencillamente se levantó, se calzó sus preciosos tacones negros, se tomó el té
verde de las mañanas y se fue a por todas.
Cada paso que daba crecía algo en ella, era más alta, aún
más bella, y sin darse cuenta se sorprendió a sí misma con un femenino y ligero contoneo
de caderas casi al son de una bachata imaginaria.
Algo le hizo sentirse más fuerte, sentir su valía, esa valía
de la que nadie le hablaba pero que se sabía poseedora. Se sintió volar, vió las calles de su barrio desde
arriba, a vista de pájaro, saludaba, pero nadie la veía porque volaba. En ese
momento el mundo fue suyo.
Llegó, llamó al timbre, esperó, tocó la puerta, esperó….No
había nadie al otro lado…Nadie abrió.
Se marchó….al mismo son.

Me encanta!!!, ánimo con este nuevo camino!.
ResponderEliminarAl son de su propia e inmensa plenitud..
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